9 de mayo de 2007, en una tarde muy lluviosa, en un pequeño estadio de fútbol,
debajo de un prisma que se alumbra con láseres, delante de una pantalla, debajo
de un gran número de altavoces (realizarían el llamado sonido cuadrafónico). En
la pantalla se proyecta una radio antigua, un vaso con alcohol y el humo de un cigarro
que sube y desaparece lentamente. De vez en cuando la mano que sujeta el
cigarro se acerca a la radio y cambia de dial. La música acompaña todo el rato.
Bob Dylan en un principio, pero la mano caprichosa gira la rueda en busca de
Vera Lynn. Es uno de los recuerdos más felices que tengo de toda mi vida. Años
después, curtida de grandes hostias cortesía del Universo, me refugio en la
treceañera que se fue hasta el culo del mundo a disfrutar del concierto de su
vida. El mundo apesta, pero contamos con ambientadores como Pink Floyd.

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