Salgo a la calle, buscando el extraño confort de un día
húmedo y frío. La lluvia cae suavemente sobre mi cara, calmando todas las
sensaciones de angustia que llevaban persiguiéndome todo el día. Encapuchada, camino
por las estrechas calles, escasamente iluminadas, bajo un precoz cielo nocturno
invernal. Una tintineante farola arroja su luz sobre el camino, tímidamente, como
si sintiera que la luz no es bienvenida en ese lugar. Mis ojos se acostumbran a
la oscuridad del camino, y los entrecierro al pasar por debajo de la farola.
Mis oídos se acostumbraron al sonido de mis pies resonando entre los callejones
de piedra mojados. El frío es más fuerte, me ajusto el abrigo y la bufanda,
haciendo que me tape parte de la cara. No es necesario mostrarla, nadie me
conoce, nadie repara en mi presencia. Las estrechas y altas calles desembocan
en un pequeño parque con un camino que lo atraviesa. Nadie ronda el lugar, está
tan desierto que podría oír mis propios pensamientos. Mientras camino me devano
los sesos con mil y un asuntos, pero como siempre acabo pensando en lo mismo,
en lo que me produce tal angustia y tal embriagamiento a la vez que diversas y
contradictorias emociones me persiguen, haciendo que por veces me hunda en una
profunda melancolía, y otras quiera correr y saltar, y celebrar lo maravillosa
que es la vida. ¿Como puede ser maravillosa una vida que se tortura a si misma
por no poder tener lo que más anhela en el mundo? Frívolo, cursi tal vez, pero
lo cierto es que hay un nombre que resalta por encima de los demás. Solo pensar
en cada una de sus letras me produce un escalofrío desde la espina dorsal hasta
el nacimiento del cabello. Continúo andando, la lluvia cae más intensamente
sobre las ramas desnudas de los árboles del parque. A la débil luz de las
farolas, las sombras que producen los árboles se asemejan demonios, queriendo
sostener en su mortal abrazo a cualquiera que se les acerque. ‘’No os tengo
miedo, soy una de vosotros’’, me gustaría gritarles, pero ninguna palabra sale
de mi boca. En cambio mi cerebro sigue articulando la misma palabra, la misma
secuencia de letras que me tortura día tras día, llegando a soñar con ello la
gran mayoría de las noches. Las muertas y arrugadas hojas triscan al pisarlas,
otro de los pequeños placeres que apaciguan la angustiosa sensación que me
lleva torturando todo este tiempo. Miro hacia arriba, y veo la lluvia tapando las
oscuras montañas. Cuanto anhelé subir a una de ellas y quedarme allí, mirando
la enormidad del ser humano sin mezclarme con él. Pero el hecho de estar
apartada de la gente no lograría apartar de mi mente… esa palabra, y todas sus
connotaciones. Esa persona. Ese superhéroe que tiene el poder de hacer mi vida
triste sin ni siquiera saberlo. La
lluvia es cada vez más fuerte, la siento
atravesar mi abrigo. Es tal la rabia y la impotencia que tengo al repasar
mentalmente todo lo relacionado con él que inevitablemente mis ojos se nublan.
Es tal el dolor que siento que empiezo a llorar. Esto es lo que se siente al
estar enamorada? Se me cae la capucha, la lluvia deriva en tormenta.