martes, 4 de diciembre de 2012

4th December


Salgo a la calle, buscando el extraño confort de un día húmedo y frío. La lluvia cae suavemente sobre mi cara, calmando todas las sensaciones de angustia que llevaban persiguiéndome todo el día. Encapuchada, camino por las estrechas calles, escasamente iluminadas, bajo un precoz cielo nocturno invernal. Una tintineante farola arroja su luz sobre el camino, tímidamente, como si sintiera que la luz no es bienvenida en ese lugar. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad del camino, y los entrecierro al pasar por debajo de la farola. Mis oídos se acostumbraron al sonido de mis pies resonando entre los callejones de piedra mojados. El frío es más fuerte, me ajusto el abrigo y la bufanda, haciendo que me tape parte de la cara. No es necesario mostrarla, nadie me conoce, nadie repara en mi presencia. Las estrechas y altas calles desembocan en un pequeño parque con un camino que lo atraviesa. Nadie ronda el lugar, está tan desierto que podría oír mis propios pensamientos. Mientras camino me devano los sesos con mil y un asuntos, pero como siempre acabo pensando en lo mismo, en lo que me produce tal angustia y tal embriagamiento a la vez que diversas y contradictorias emociones me persiguen, haciendo que por veces me hunda en una profunda melancolía, y otras quiera correr y saltar, y celebrar lo maravillosa que es la vida. ¿Como puede ser maravillosa una vida que se tortura a si misma por no poder tener lo que más anhela en el mundo? Frívolo, cursi tal vez, pero lo cierto es que hay un nombre que resalta por encima de los demás. Solo pensar en cada una de sus letras me produce un escalofrío desde la espina dorsal hasta el nacimiento del cabello. Continúo andando, la lluvia cae más intensamente sobre las ramas desnudas de los árboles del parque. A la débil luz de las farolas, las sombras que producen los árboles se asemejan demonios, queriendo sostener en su mortal abrazo a cualquiera que se les acerque. ‘’No os tengo miedo, soy una de vosotros’’, me gustaría gritarles, pero ninguna palabra sale de mi boca. En cambio mi cerebro sigue articulando la misma palabra, la misma secuencia de letras que me tortura día tras día, llegando a soñar con ello la gran mayoría de las noches. Las muertas y arrugadas hojas triscan al pisarlas, otro de los pequeños placeres que apaciguan la angustiosa sensación que me lleva torturando todo este tiempo. Miro hacia arriba, y veo la lluvia tapando las oscuras montañas. Cuanto anhelé subir a una de ellas y quedarme allí, mirando la enormidad del ser humano sin mezclarme con él. Pero el hecho de estar apartada de la gente no lograría apartar de mi mente… esa palabra, y todas sus connotaciones. Esa persona. Ese superhéroe que tiene el poder de hacer mi vida triste sin ni siquiera saberlo.  La lluvia es cada vez más fuerte,  la siento atravesar mi abrigo. Es tal la rabia y la impotencia que tengo al repasar mentalmente todo lo relacionado con él que inevitablemente mis ojos se nublan. Es tal el dolor que siento que empiezo a llorar. Esto es lo que se siente al estar enamorada? Se me cae la capucha, la lluvia deriva en tormenta. 

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